A pesar de su juventud, Eduardo Saragó tiene ya un interesante recorrido en el fútbol venezolano. Ha dirigido tres equipos con los que ha conquistado dos torneos apertura, un torneo clausura y una estrella, perdiendo la única final que protagonizó a manos del Caracas de Noel Sanvicente, para algunos el maestro del nuevo timonel avileño.
Con ese palmarés llega a la institución capitalina. Al igual que todo jugador, Saragó hace su aparición condicionado por un pasado triunfal. Los seguidores del equipo rojo esperan que el entrenador pueda trasladar los triunfos logrados en otras instituciones, sin reparar quizás en un detalle de gran importancia, y es que el ex conductor del C.D. Lara pocas veces – sólo en su paso por el Zamora – ha tenido que “arroparse hasta donde llegue la cobija”, es decir, tener limitaciones y obligaciones a la misma vez.
En el Caracas encontrará una institución que hace tiempo trazó una hoja de ruta y que ésta no está sujeta a variaciones por las exigencias o caprichos del técnico de primera división. Esto se traduce en que serán pocos los refuerzos que llegarán al club y el entrenador deberá trabajar pensando en dos metas, dos frentes: competir hasta la última fecha de cada torneo y a la vez potenciar jugadores para que puedan ser vendidos.
Si se analiza lo que acabo de afirmar, uno podría concluir que el ciclo del anterior entrenador, Ceferino Bencomo, cumplía a cabalidad con los requisitos planteados por la directiva avileña. Esa aseveración deja de tener validez cuando se entiende que el Caracas no sólo busca que los jugadores de sus divisiones inferiores debuten en primera sino que se confirmen en la disciplina del primer equipo, desarrollen todo su potencial y puedan ser vendidos al extranjero. Con Bencomo, ese ideal no se cumplió, y los jugadores que lograron obtener esa “visa para un sueño” ya habían sido trabajados por el cuerpo técnico que en su momento comandaba Noel Sanvicente. He ahí la verdadera razón del cambio y el interrogante que se cierne sobre la etapa que aún está por comenzar: el ciclo Saragó.
Las condiciones del recientemente apuntado entrenador del Caracas F.C. no están en duda, y mucho menos su capacidad. Lo que debe demostrar es habilidad para manejar un grupo que en su mayoría continúa en una importante etapa de su aprendizaje y, a la misma vez, convencerlos de que poseen la capacidad para competir por un trofeo que empieza a hacerse esquivo a la institución capitalina.
El panorama es distinto a los anteriores que ha enfrentado Eduardo Saragó en su corta y exitosa carrera. La salud del Caracas F.C. está en sus manos y sólo el tiempo dirá si su escogencia fue la correcta. Cosa de sentarse y observar…
Columna publicada en www.cuantoacuanto.com el 23 de mayo de 2.013
- Yo soy contra del que tiene y no ataca. El que no tiene ni siquiera me animo a juzgarlo.
- Lo que nunca haría es esperar, porque yo puedo tener diez jugadores de menor calidad técnica pero puedo tener diez jugadores de mejores cualidades físicas. Entonces, si pueden correr pueden presionar. Sí se la puedo quitar arriba y mi equipo tiene menor calidad técnica, no tiene que tocar tanto tiempo la pelota porque el arco está más cerca.
- Vamos ganando uno a cero y no hay plan B. Hay plan A2: seguimos presionando. Cuando se presiona se corre menos, claro, si se presiona bien. De lo contrario estamos corriendo todo el día.
- No convivo con los 9 que no salen a jugar, no me ha ido muy bien con ellos. Yo no pude hacerlo jugar muy bien a “Tacuara” Cardozo en la selección de Paraguay, pero en cambio, jugó muy bien Cabañas de 9.
Gerardo “Tata” Martino en una entrevista en Fox, cómo siempre, hablando de fútbol
La última tapa de El Gráfico en la que participó Dante Panzeri
El poeta romano Ovidio fue el autor de una de las versiones más conocidas que cuentan la historia de Narciso. Trata de un joven de extrema belleza, pretendido por muchas y algunos, que rechazó a la ninfa Eco y desde ese momento su vida se vino a pique. Narciso es objeto de una maldición que sobre él lanzó la diosa de la venganza, Némesis, que trajo como consecuencia que el protagonista de esta historia se enamorara de su propio reflejo, hasta el punto “de morir ahogado, atraído y ciego por su propia imagen reflejada en el agua”.
Mi abuela, mujer sabia como pocas, se encargaba de asustarnos cuando éramos niños y por alguna razón nos quedábamos viendo nuestro reflejo en el espejo. Ella entendió que relatar la historia de Narciso a unos niños de seis años era cuando menos una pérdida de tiempo, así que prefirió el modelo más sencillo para generar pánico en un infante: nos decía que de tanto verse en el espejo, a las personas se les podía aparecer el demonio. Contemplarse permanentemente trae como consecuencia el resalte de las bondades y el encubrimiento de los defectos propios, receta perfecta para perder la perspectiva.
En el fútbol, adorarse a sí mismo por las victorias conseguidas es una conducta que marca el inicio de la decadencia. Son muchos los ejemplos en los que la euforia del triunfo condiciona la conducta de quienes están destinados a dirigir, por lo que el fracaso pasa a convertirse en una realidad cada vez más potente e imbatible.
Marcelo Bielsa, durante una charla acerca de liderazgo llevada a cabo en Chile en el año 2009, dejaba una enseñanza que también sirve de ejemplo para entender cuándo y cómo se puede combatir el ofuscamiento típico del vencedor: “El liderazgo se ve en la derrota y el conductor solo es bueno si ha superado la adversidad. Las operaciones y los cambios se hacen en la victoria, no en la derrota. La adversidad es el momento de observación de las cosas”.
Lo que Bielsa, mi abuela y Ovidio nos enseñan es que no podemos jamás pensar que somos la fuerza que mueve al mundo, o en el caso del fútbol, que el juego existe y cobra valor a partir de nosotros. Eso lo entendió perfectamente Pep Guardiola y por ello su empecinamiento en generar variantes para que su equipo, temporada tras temporada, continuase siendo una especie de acertijo indescifrable para sus rivales.
Hoy, cuando Guardiola no está y algunos analistas privilegiados han señalado que el F. C. Barcelona está viviendo un proceso de emperramiento que puede hacerle creer que el árbol es más importante que el bosque, bien valdría la pena que algún valiente reaccionase ante lo que parece ser el inicio del deterioro de un modelo de juego que hizo historia y que bien podría continuar su proceso evolutivo si quienes están encargados de la toma de decisiones dejan a un lado la vanidad y recuerdan los principios y valores que convirtieron al equipo catalán en el ejemplo a seguir.
Están a tiempo. La liga obtenida parece ser la oportunidad perfecta para hacer las operaciones a las que Bielsa hacía referencia, o si usted prefiere, para evitar un final semejante al de Narciso.
Columna publicada en www.martiperarnau.com el 19 de mayo de 2.013
El ser humano vive permanentemente culpando a agentes externos de sus adversidades. No nos damos cuenta que por nuestra natural ignorancia repetimos ciclos sin habernos dado a la tarea de estudiar la historia para por lo menos ser originales en nuestra desdicha. Cuando caemos, sentimos que nuestra derrota es insólita, inédita, y por ende, son los demás quienes deben aprender de nosotros. Pero si hay algo que caracteriza a nuestra especie es que pocos saben leer las señales de alarma y en consecuencia, actuar para evitar una tragedia mayor.
Por eso repetimos la historia de la Torre de Babel, pero cada vez la caída es más fuerte y peligrosa. Hay quienes se sienten realmente cerca del cielo y no entienden que están más próximos del piso que de su meta original. Y eso es lo que creo que puede estar pasando en un club que vivió una extraordinaria época y que ahora no sabe qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo. Me refiero al F.C. Barcelona y esa notoria incapacidad para mantener y mejorar la herencia recibida.
Comencemos por lo principal. Es cierto que durante la etapa de Pep Guardiola, este grupo logró una admiración casi unánime, la cual se sustentó en las victorias y cómo se consiguieron esos triunfos. Un equipo ejemplo de solidaridad, evolución, trabajo, sacrificio, gusto por el juego y respeto al adversario, hoy parece estar sin rumbo fijo, viviendo un panorama similar a etapas de crisis, cuando los directivos buscan un fichaje que “devuelva la ilusión a los socios”. Y yo me pregunto: ¿entienden lo que ha pasado o, como Xavi, barren el polvo y lo esconden bajo la alfombra?
No se puede negar que los números este año han sido positivos: una liga, la posibilidad cierta de sumar cien puntos y el haber llegado a semifinales en las otras competencias. Pero el resultado en la vida casi siempre oficia de árbol cuya misión es tapar el bosque, haciendo las veces de “pan para hoy y hambre para mañana”. Lo que debe entender el club catalán es que a pesar de haber logrado los objetivos planteados, las dudas han sobrepasado las certezas que normalmente caracterizaban a esta institución.
Y me da la sensación de que no se quiere o no se sabe hacer la reflexión pertinente. Pensar que todo va bien y que sólo se necesitan retoques es equivalente a ignorar las señales de auxilio que emanaron del equipo. Este grupo, casi el mismo que dirigió Guardiola, no parece tener igual respeto por la cultura del esfuerzo; por el contrario, da la impresión de haberse enamorado de si mismo, o de la tan cacareada posesión de la pelota, olvidando que ella no es el modelo de juego sino una opción dentro del modelo.
En estas semanas en las que aparecen millones de posibilidades para reforzar el cuadro blaugrana, ojalá algún integrante de la directiva sugiera dejar de lado la opción de “mejorar” el primer equipo para concentrarse en la posibilidad de retomar la cultura de esfuerzo y el respeto por el estilo que tantos éxitos reportaron a la entidad catalana en los últimos tiempos. Recordar que al paraíso no se llega, pero con humildad y trabajo bien que se puede vivir cerca de él…
Columna publicada en www.masliga.com el 17 de mayo de 2.013
“En un acto público en la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936, luego de un fogoso discurso del general franquista Millán Astray, en el que atacó a las provincias vasca y catalana como “cánceres en el cuerpo de la nación”, sus partidarios vocearon su slogan favorito “Viva la muerte”. El ilustre rector de la Universidad, el escritor Miguel de Unamuno, formuló una réplica que pasaría a la historia: “Acabo de oír un grito necrófilo y carente de sentido: ‘Viva la muerte’. Y yo, que me pasé la vida forjando paradojas que han provocado la ira de otros, debo deciros, como experto en el tema, que esta aberrante paradoja me resulta repulsiva. El general Millán Astray es un lisiado, lo digo sin el menor sentido despectivo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Lamentablemente hay demasiados lisiados en España ahora. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray deba dictar los criterios para una psicología de masas. Un inválido que carece de la grandeza de Cervantes busca un ominoso alivio causando mutilaciones a su alrededor.”
En este momento, Millán Astray fue incapaz de contenerse y gritó: “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!” Hubo un clamor de aceptación a estas palabras entre los falangistas, pero Unamuno continuó: “Éste es el templo del intelecto y yo soy su gran sacerdote. Son ustedes los que profanan su sagrado recinto. Ustedes vencerán porque poseen fuerza bruta en abundancia. Pero no convencerán. Porque para convencer es necesario persuadir. Y para persuadir es necesario tener algo de lo que ustedes carecen: razón y derecho en esta lucha. Considero fútil exhortarles a pensar en España. He dicho.”
Hay que repasar este episodio mil veces para que no nos sorprenda cualquier imbecilidad de nuestra raza.
Esta escena es de la Guerra Civil Española: http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Mill%C3%A1n-Astray
Estando en Barcelona, España, me entero de la disposición de Jeffren Suárez para vestir la camiseta Vinotinto y la consideración que hacía César Farías de esa posibilidad. Hoy, cuando ya el seleccionador nacional dio la lista de convocados para los próximos partidos y en ella no está Suárez, igual quiero hacer pública la columna que iba a entregar para el diario Líder y que ahora, ante la realidad de los hechos, quedará como un ensayo, una simple intención de ventilar lo pensado durante esos días.
Ser convocado por la selección de su país es el mayor reconocimiento que puede lograr un futbolista. Me refiero por supuesto al costado emocional y subjetivo, distinto al de los galardones individuales que poco explican este juego. Al jugador poco le importa que ella – la selección - este caracterizada por el desorden y la inoperancia que promueven los dirigentes, y por ello hace oídos sordos a quienes le aconsejan no colocarse esa camiseta. Este ha sido el camino elegido por Juan Arango, Giancarlo Maldonado y algunos otros más que rápidamente desecharon la opción de ser algo distinto que un Vinotinto.
La otra vía es la que recorren jugadores que en algún momento han rechazado esa camiseta pero que con el paso del tiempo, cuando no se cumplen sus planes iniciales, deciden volver sobre sus dichos y ser Vinotinto. Es un camino que tiene en Jeffren Suárez a su más reciente exponente, uniéndose a los Álvarez, Socorro y algún otro jugador que luego quiso hacerse pasar por el paradigma de amor a la camiseta. Fernando Amorebieta (a pesar de sus dudas iniciales) puede ser el único de ellos que no tuvo que comerse sus palabras porque nunca las pronunció, haciendo buena la frase “somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras”.
El caso es que Jeffren ha manifestado su nueva posición y ello nos obliga a pensar en su posible aporte a la selección, ya que por más que protestemos, su llegada al equipo nacional dependerá exclusivamente del juicio que haga César Farías. En su paso por el Barça, Suárez fue un jugador veloz, con desborde y gol. Formado en el club catalán, tiene entre sus maestros a Pep Guardiola y a Luis Enrique, lo que nos permite pensar que sabe manejarse bien en las largas secuencias de pases así como en un estilo de juego más directo, herramientas usadas por esos entrenadores durante la estadía del venezolano en la ciudad condal.
Con sus palabras se aclaran algunas cosas: a) Jeffren pelearía, de ser considerado, un puesto con Frank Feltscher, lo que significaría mayor tiempo en el inexplicable exilio futbolístico para Richard Blanco, ya que Suárez sería otro competidor en el puesto que ocupa el minerista, a pesar de que el hoy jugador del fútbol portugués juega poco y nada en su club ; b) Farías, en caso de convocarlo, demostraría que ante la posibilidad de ir al mundial está dispuesto a jugarse todas las cartas posibles, a pesar de que una de ellas – Suárez – venga a ser una apuesta en tiempos donde vale más la fiabilidad; y c) son pocos quienes además del sueño mundialista y todo lo que con él llega (fama, dinero, publicidad, etc.) viven este juego con pasión. Los tiempos en el que el amor a la camiseta era un requisito parecen estar llegando a su fin.
Nominados los jugadores para los partidos ante Bolivia y Uruguay, las consecuencias del cambio de opinión de Jeffren han quedado para ser analizadas en otro momento. Quienes si parecen haber estado claros desde el inicio fueron los fabricantes de la camiseta, ellos, sin tener idea de sensaciones, nos quieren hacer pensar que “vinotinto somos todos”…