En la entrega anterior manifestaba lo que a mi parecer es una de las labores más complejas para un entrenador de fútbol. Me refería a la construcción de contextos favorables que potencien las cualidades de cada uno de sus jugadores y fomentar la de comunicación entre ellos. El filósofo español José Antonio Marina le otorga fuerza de verdad absoluta a esta afirmación cuando dice que: “cada uno de nosotros somos lo que somos y el conjunto de relaciones en el que estamos incluidos”.
¿Cuántas veces escuchamos a un director técnico decir que pretende que su equipo juegue como el Barcelona? O también podemos recordar la cantidad de ocasiones en las que hemos leído que todos los partidos deben ser jugados de la misma manera. Si se me permite, pienso que son afirmaciones alejadas de la realidad, no ya del fútbol, sino de la vida misma, porque como explicaba el filósofo griego Heráclito hace más de dos mil años: “en los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos”.
Es a partir de la certeza que ofrece esta frase que debemos entender lo importante que es el contexto para el desarrollo de un futbolista. Son muchas las ocasiones en las que nos apresuramos a juzgar el rendimiento de un jugador en el campo de juego sin profundizar en lo que es su vida fuera del fútbol. No nos preguntamos si la mudanza a una nueva ciudad, las relaciones con nuevos compañeros, o su modificado estilo de vida han provocado en él o en su familia razones que justifiquen una merma en su rendimiento. No lo hacemos, porque ante situaciones como esas preferimos sentenciar, de manera soberbia, que el futbolista no es el mismo o que al entrenador no le gusta por su nacionalidad.
Kevin Vidaña, entrenador español, explicaba hace días que “el jugador es contextual, no con-textual –que reproduce literalmente palabras o textos–”. Entender y valorar la naturaleza humana del futbolista nos acercaría aún más este complejo juego llamado fútbol, en el que para poder jugar, correr y competir, primero hay que satisfacer las necesidades más típicas de nuestra especie: comunicarse y relacionarse.
Admitamos que todo lo que nos rodea tiene una influencia notoria en nuestras vidas. Hoy no somos la misma persona que ayer, ni mañana seremos iguales a hoy. Porque en este constante caminar que es la vida, cada situación que vivimos se va almacenando en nuestro subconsciente y actúa como condicionante de nuestra existencia. El futbolista es tan humano como usted y como yo, y llegado el momento de trabajar, en él influye hasta la nostalgia por su pareja.

Mucho hablo de esa opción para referirme a un estilo de salida desde el fondo, seguramente influenciado por la admiración que siento hacia el estilo de juego de los equipos de Marcelo Bielsa, Pep Guardiola y el mismo Ricardo La Volpe.
Cometo el pecado de no explicarme bien cuando uso esa denominación, así que aprovecho las últimas horas de este jueves para explicar en que consiste: Abrir a los dos centrales, ubicar al mediocentro entre ambos y proyectar a los laterales hasta el centro del campo.
¿Que trae este dispositivo? Multiples opciones de pase para salir con la pelota desde atrás sin caer en la necedad de reventarla, de tirarla “a ver que pasa”.
Como todo en el fútbol, nada sería posible sin nombres y apellidos. Utilizaré al Barcelona de final de Copa del Rey para que el contexto sirva como purificador: pelota en los pies de Valdés, Montoya y Adriano, laterales, se ubican cerca de la mitad del campo; Piqué y Mascherano se ubican en los ángulos del área, es decir, dejan el suficiente espacio para que Busquets se ubique en la misma línea que ellos pero a la altura de la media luna.
Cinco opciones de pase que deben ser marcadas por el rival y que impiden que el contrario amontone jugadores en el centro, por ende, se generan espacios para el toque, el desborde, y la superioridad posicional.
Todo esto sin mencionar la posible participación de jugadores como Xavi, Iniesta ó Cesc, que formarían otra línea junto a los laterales proyectados en ataque. Se dificulta la presión del rival y reitero, por la dinámica del juego, hace casi imposible que el contrario amontone jugadores en el centro porque va a tener que ocuparse también de los futbolistas que vayan por los costados.
Jueves a la noche, pero nunca es tarde para enmendar errores. Esa es la salida “lavolpiana”, una de mis maniobras preferidas en este juego…
Andrés de Francisco. Fútbol y pedagogía: una reflexión a partir de Panzeri.
De la estética a la ética
Nunca he sido defensor del estilo de juego de Fernando Amorebieta, pero rápidamente, ante la facilidad con la que se le quiere asignar la responsabilidad directa en los goles del Atlético de Madrid, quisiera recordar a los extremistas de turno varias cosas:
1) Terreno mojado, por la lluvia y por órdenes de UEFA.
2) En el primer gol, ¿qué se supone que haga el defensor vasco, jugársela y dejarle el camino libre al delantero? Amorebieta aguanta dentro de su propia área, pero es obra de las virtudes de Falcao todo lo que termina en gol. No se pone nervioso el colombiano, amaga y espera que aparezca el espacio. El defensor aguanta pero nadie llega en su auxilio.
3) En el segundo gol se le puede achacar que no patea el balón a cualquier lado. ¿Conocen los verdugos de turno la filosofía de juego del Bilbao? El equipo de Bielsa hace vida basado principalmente, entre varios pilares, en no rifar la pelota. Lo ahogan al vasco/venezolano y pierde la pelota. Es responsabilidad suya cómo de sus compañeros que no se acercan a ayudarlo.
El fútbol es un conjunto de eslabones que forman una cadena. En caso de romperse uno de ellos, las sociedades que existen a partir de esa unión muestran grietas que son aprovechadas por el rival.
No pienso constituirme en defensor de un jugador que, cómo he repetido en anteriores ocasiones, no me genera mucha confianza, pero si pretendo recordar que este es un juego colectivo en donde influyen muchos factores, uno de ellos es que se trata de una actividad de oposición directa, donde el rival lucha para robar el instrumento de trabajo: el balón.
“La organización de un todo produce cualidades o propiedades o propiedades nuevas con respecto a las partes consideradas aisladamente: las emergencias”.
Este libro se puede leer como una crítica a la modernidad. Las transformaciones en el fútbol son siempre consecuencia y de los cambios sociales. Panzeri se encarga aquí de ubicar el fútbol en el contexto histórico de la época, anticipando los vicios y costumbres que irán constituyendo la industria del deporte.
También puede leerse desde la perspectiva de la crítica a la razón instrumental, como una advertencia ante el monopolio de la ciencia, la economía y los medios masivos de comunicación, o como una pausa ante tanto amor por la idea de progreso. Por esa razón la obra transciende la inmediatez del quehacer periodístico y se constituye en un clásico en la literatura, tornándose, como todos los clásicos, cada vez más actual y necesario para interpretar la realidad contemporánea.
Panzeri piensa en el fútbol y, sin alejarse de él, cuestiona una modernidad que se ríe de aquellos antiguos sistemas de pensamiento basados en creencias religiosas. Una modernidad que mientras se ríe del pasado entroniza a la ciencia como la cura de todos los males. Ya no será la fe la que nos libere sino nuestra capacidad de entenderlo y dominarlo todo, de medir, manipular y cuantificar cuanto exista sobre la tierra. Sin embargo, en el centro mismo de dicho proceso de desencantamiento del mundo, la ciencia se convierte en deidad y la razón pasa a ser la fe en la razón. Un fundamentalismo más. Muere el gusto por lo desconocido. Somos esclavos del saber y temerosos de todo lo demás. Temerosos de lo espontaneo y del amague.
El tecnócrata, hijo de la época, penetra en el fútbol con la intención y el discurso de hacer del mismo un deporte moderno. Panzeri se sitúa en ese punto, cuestionando las condiciones de posibilidad de que el fútbol sea tal cosa, afirmando que el fútbol no es ni antiguo ni moderno: “No hay nada nuevo, sólo lo antiguo lo parece”.
En este sentido histórico el director técnico de un equipo es la figura que ocupa ese espacio científico de gestión de lo indomable. Se doma a los jugadores pero nunca el espacio que hay entre ellos. “El fútbol se juega con la aceptada ley del derecho al despojo de la herramienta básica de juego”, dice Panzeri. Hagas lo que hagas perderás, más temprano que tarde, la pelota.
El autor repite hasta el cansancio que la figura del director técnico surgió para garantizar la eficacia de las tácticas y perfeccionar el orden las cosas. Táctica más no estrategia. Primero fueron los directores técnicos, después vinieron los preparadores físicos, los asistentes, los psicólogos, los psiquiatras, los espías, los ayudantes de campo, los dietólogos, los asistentes sociales, los deportólogos, el contact-man, el manager y así decenas de cargos que ampliaban las funciones y las ocupaciones para asegurar el orden en la cancha, y por supuesto, dar trabajo y ampliar el negocio. Pese a todo esfuerzo, la pelota seguiría siendo siempre rebelde, siempre indócil.
El jugador del barrio, del potrero, el rebelde, pillo, mentiroso, que engañaba cuanto podía, comenzaba a ser reemplazado por el jugador del school, por el hombre bien alimentado, obediente y corpulento. La velocidad y el ejercicio físico pasan a ser parte fundamental del juego. Finalmente, lo único que lograban era anular fuerzas opuestas: si los defensas eran cada vez más rápidos, también lo eran los delanteros. El delantero no podría desmarcarse nunca más. La cantidad de goles disminuiría por una simple cuestión de lógica matemática.
Un jugador del Barcelona dijo a principios de 2011: “los bajitos estábamos en peligro”, refiriéndose a papel preponderante que habían adquirido mundialmente en el fútbol los jugadores altos y veloces. Su equipo dio nuevos aires al trabajo colectivo. “Pensar, pensar, pensar, pensar”, decía el mismo jugador. El clásico 10 podía ser un gordo bajito, lento para correr pero rápido para pensar. Los jugadores más destacados siempre han sido pequeños y han hecho de sus debilidades fortalezas. De las falencias nacen virtudes. Panzeri alzaba la voz de alarma 40 años antes. Explicaba cómo se divulgaba el método de enseñanza de los colegios británicos, de las clases pudientes, donde se les enseñaba a los jóvenes las formas “correctas” de correr, dando cada vez más importancia al entrenamiento sin balón, priorizando lo pragmático sobre lo imaginativo y, sobre todo, homogeneizando la conducta y el físico de los jugadores.
La industria del espectáculo, la cultura de masas y los enormes movimientos de dinero producidos generan un enorme miedo a la derrota, una enorme parálisis frente a la imaginación, y un juego de especulaciones repleto de tensiones. Nuevamente no se trata de negar la profesionalización del fútbol, ni de cobrar por hacerlo, pero sí de destacar que cuando hablamos de tantos millones terminan por ser preponderantes frente a todo lo demás. Es el amor loco por el vil metal. Es la medida de todas las cosas. El jugador deja de jugar por el peso de los pesos, entra a la cancha y calcula, sopesa, duda, y coarta su libertad de crear. Sin olvidar el grito que se escucha desde afuera que le dice: ¡¡¡no gambetee!!! Gambetear no es productivo. Sobra. Como Chaplin bailando en Tiempos Modernos frente a la cinta transportadora. Un jugador del Club Atlético Huracán cuenta que justo antes de entrar a la cancha el día de la final, año 2009, el entrenador les dijo, hoy hagan taquitos, hagan caños, dibujen, háganlo hoy que es la final. Clara contraindicación al temeroso sentido común de la época. Porque, finalmente, si para ganar hay de dejar de divertirse, para qué sirve ganar.
Para avanzar primero hay que retroceder. Los equipos de jugadores rápidos tardan más en llegar al arco contrario. Lo que corre es la pelota, no el jugador. Los jugadores millonarios temen a las lesiones como los millonarios de barrios privados temen a los ladrones. El dinero genera miedo a perderlo. El hombre tecnológico no deja un sólo hueco de su vida sin invadir con su técnica, y se desvive en angustias, buscando una seguridad que solamente lo vuelve inseguro.
Entre tanta seriedad, tantos recursos y tantos expertos, el espectador se aburre cada vez más. “Tanto nos aburrimos de aplaudir y estallar de alegría en los estadios de fútbol con las imprevistas espontaneidades de los genios del fútbol… que un día decidimos tecnificarnos para dormirnos”, dice Panzeri. “Aburrirse es besar la muerte.” Millones de dólares generan contracturas en los jugadores que temen lesionarse y dejar de cobrar exorbitantes cantidades, o no cobrarlas nunca.
Dante Panzeri se inscribe en la memoria del periodismo deportivo argentino como aquel sabio que hace fácil lo difícil, que despliega ente nosotros las enseñanzas ineludibles e imprescindibles, aquellas que parecen obvias pero que pocos escribieron como él.
Menos mal que la cultura occidental, proclive a dominarse, ordenarse y perder movimiento, sigue manteniendo en su seno la dinámica de lo impensado. Lo recesivo dentro de lo dominante, que aunque no domine existe y asoma cada tanto, explotando de alegría, repleta de amagues y gambetas.
Así, entre tanto cero a cero, y tanto técnico intentado ordenar el desorden, siempre habrá algún irrespetuoso que termine por minar el orden. Minar lo establecido, haciéndolo explotar de un sólo amague. Haciendo recordar a millones de espectadores que la alegría sigue viva, y que dentro de tanto Nike y tanto Adidas, de materiales estratosféricos de gomas que producen estabilidad y confort, con palabras en inglés, hay unos pies descalzos, que se educaron en el barrio desafiando lo establecido, burlándose del hambre que los esperaba afuera de la cancha una vez que la falta de luz obligara a terminar el partido.
Sebastián Kohan Ezquenazi.
Epílogo en la reedición de Fútbol, dinámica de lo impensado.
“La organización de un todo produce cualidades o propiedades o propiedades nuevas con respecto a las partes consideradas aisladamente: las emergencias”.
Egdar Morín, filósofo francés.
Una cadena sólo es fuerte cuando sus eslabones están unidos, trabajando todos por un mismo fin. Separados, esos eslabones dejan de tener importancia. Entendamos esto, aplicándolo al fútbol, y las explicaciones serán más claras.